Hubo una vez que amé los perfiles que cumplimentaban a Claire más que ahora se han perdido en las turbulencias aciagas del clarear la luz del sol entre tinieblas necrófagas llevándose los restos de su túnica al alborear el silencio de la lontananza que fría va engullendo las horizontalidades de la cúpula de la negrura devorando su faz de ángel en los áticos del acantilado donde desbarranco todas mis esperanzas por ella. Le he dado tantas bienvenidas como adioses tantos te quiero como no te quiero y he claudicar en lo horrendo de la soledad que me reconcome sin lidiar por mí nadie. La busco y la encuentro (siempre está ahí) pero yo la desdeño tanto como a mí mismo. Ella tiende sus brazos en mi imaginación traicionera que fusila mi corazón como un campo de tiro sin acertarle yo una sola bala. En las esperas en los porches de Onírica la veo pasar sonriente y aguarda que le entregue una rosa naranja con espinas la cual sostengo entre mis manos mientras sangran mis dedos intentado que huela los agridulce de mis entrañas y después echa a correr y la persigo y cuando llegamos al borde del abismo Ella vuela y yo me despeño insomne en una espiral opaca y Ella desaparece de mi visión igual que ha venido y despierto y no está sólo quedan mis manos llenas de linfa y la flor sin aroma.

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