Oda a los túneles subterráneos

Llueve sobre las casas y las antenas de los pueblos y las ciudades la hipocresía se cobija en los hogares deslizándose por los pensamientos y los actos de las personas que se justifican de cualquier modo para seguir avanzando día tras día por la selva de sangre que va dejando esta generación rumbo al ocaso de los descalabros individuales cuando los demonios vengan por ellos y los arrastren a un infierno peor que este. En los festivales de la muerte de todas las jornadas se contabilizan los difuntos por millares cayendo a plomo a los posos del destierro de los vivos que van al bollo y en el hoyo sólo se oye el silencio del banquete del gusano necrófago. Y la gente ríe incluso en el entierro siendo ajena a que las campanas de la iglesia también doblan por ellos. El color gris impregna las transparencias del Atmósfera y el agua patina hasta dar con el fango de las idiosincracias malditas de la turba que vive sin miramientos dejando el planeta como una basura como si la calle fuera una inmensa papelera. Y discurren las procesiones con palmas que llaman a la traición de los poetas que lo dieron todo por decir a su manera verdades que han sido acalladas por incendiarias en la insurrección más allá de la política el puñetazo en la cabeza que despliegue en el aire los átomos multicolores indicando que el alma ha eclosionado y la estrella empieza a rotar pero no puede bailar ante el odio que desprenden los ojos de algunos hombres que impiden que los que tienen un astro dentro puedan danzar y acaban aseteados lapidados o en el extremo más apartado del ostracismo.

(The Last Levi)

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