Teñido de colores invernales

Y el rápido invierno se desliza hacia el cubo de los olvidos desarreglados de los límites trifásicos que ya van formando parte del pasado. Clarea entre neblinas y la bruma jubilosa se dispersa entre lo siniestro de los árboles sin más abrigo que su propia madera. En las delicatessen del hielo se entallaba la faz de la mujer que amaba congelado hasta la piltra en las desmemorias agrestes de los páramos helados que iban formando el norte con su cara de diosa divina que se iba escarchando a medida que pasaban las jornadas. Y amanece y mi corazón cruje comprimido en desidias diarias cuando la luna sesga con su guillotina y pasa aventando las pesadillas a los que dormían confiados bajo el peso de la noche que abrigaba bajo un manto pesado de frío en las almas amparadas por las mullidas mantas. Temblor de acero las esquinas tiemblan con todas las calles desiertas los doseles suspiran por los sueños que se agitan entre turbulencias oníricas en la noctámbula paz aparente mientras un monstruo en las entrañas va devorando a sus hijos en los capiteles de piedra del abismo que relampaguean con la tempestad del silencio mientras se respira por lo bajo y las cosas mudas van cercando los lindes de la noche que oprime al corazón que se sobresalta tapado por intensas oscuridades de necrosis más allá del espanto el rostro amado que emerge entre las gélidas aguas y va derritiéndose… convirtiéndose en líquida agua.

(Gabriel)

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