Charmion duerme

Si yo te envié vivaces Dragones alegres de todos los colores para que surcaran las capas divisibles del aire y te llegaran todos con mensajes de amor. Si escalé a pelo la cima más alta de la Tierra y me sumergí allende los monstruos atávicos de las fosas Marianas para resurgir sobre las aguas agitando mis brazos para que me vieras por tu ventana recortado contra el sol que mis sentimientos eran certeros. Si maquillé los ocasos con dulces tonalidades de fantasía para que tu estancia en el lecho fuera lo mejor procurándote un sueño reparador largo y profundo. Si burlé al guardián del laberinto nocturno para verte pintada con adagios de fiesta entre las sombras más perversas que no querían que se colmase mi deseo cosido por el hilo de la divinidad tocado por lo primigenio. Y siempre al regresar a casa cincelando óleos y acuarelas con tu faz perlada por el polvo cósmico tocando con fruición mi lira a los cielos para que un rayo la alcanzase y la detonase con millones de músicas infinitas para colocar tu voz en el centro que cantare las dichas y las desdichas de nuestro planeta Eideen. Si rayé el suelo con mi sangre para que tus pies pisasen sólo terciopelo y no se dañasen ante ninguna caída de tu grácil caminar. Si convertidos en Centauros recorríamos las inmediaciones de Mundo Gnomo probando todos los néctares de las flores en una felicidad jamás escrita por ningún poeta. Si los espinos se clavaban en mi piel y las piedras en mis pies más yo corría con los átomos de tus iris para situarlos allende constelaciones lejanas y apartadas para indicar las sendas de la eternidad más álgida y excelsa. Si las estrellas vinieron por veredas noctámbulas para decirme que lo mío era verdadero y que el Aperion sería. Si espantando demonios y espectros por las ciudades remotas tropecé me levanté enseguida para plantar cara a lo ominoso que se debilitaba ante un cariño de leyenda que se reflejaba en mi mirada tus canicas azuladas verdeándose con lo telúrico del Pacífico y del Mediterráneo oh mi amada pronta a darme calor y bellas ensoñaciones en el almohada cuando desdichado llegaba derrotado sin ti entre mis brazos… Y doré domando los océanos salvajes desde el Mar Ártico a la Antártida con el azur de plata de tus ojos para que el brillo imantara la vuelta de los niños perdidos a casa mientras nosotros nos expandíamos más allá de la Vía Láctea.

(Eiros)

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