La guillotina de las nubes

El amor después del amor huía por corredizos tortuosos en los límites abisales allí donde el cariño tomaba forma amorfa y se deformaba el cariño que se había constituido de paciencias lejos de las monotonías del instante en cada momento nos ensoñábamos añorándonos en telúricos deseos que brotaban de lo más telúrico de cada uno de nosotros golpeando en la distancia nuestros corazones. En las argollas puntiguadas de la fe dejé varadas mis desesperanzas más elevadas vueltas de un brinco para ponerlas enderezadas en los cabestrantes de la nada y voltear los vacíos que sujetaban a las aristas de las discos donde las chicas bailaban protegidas por las arañas. En los ministerios de la ternura hubo batallas que auspiciaban el final de la guerra entre tanto martirio entronizado en nuestras coronas hechas de cuchillas. Y ahora entre la calina de los días de niebla y bruma traspaso las capas del aire vacuo incapaz de retomar las riendas del carro de fuego que prometían para mí y Silvia un amor de leyenda. La oigo y la presiento en las faunas y floras de los supemercados allí donde Ella recorrió su cuerpo busco las corrientes agujereadas del aire por donde pasó Ella para decirle: «Nos buscaremos en el infierno» y Ella «No sé si aún te querré». Y gira la jornada por estratosferas prohibidas en los adamantiums del tul de seda de las estrellas intentado que comprenda que aquello que escribía de manera tan agresiva sólo era poesía de venganza y no tenía porque cuadrar con la realidad que nos habían puesto una trampa mortal de amor de la cual nos habíamos sacado un extra (multitud de hijos e hijas del deseo). Y Ella enviándome chispas y centellas sella el pacto. Hay donde hubo más que los pasadizos torcidos en los que he ido tropezando me han llevado a otra imposibilidad matemática los bordes de faldas floreadas de otra. Después de tropezar con escollos y atolones por mis manos y por mi espíritu han pasado algunas violentamente y mi mente ya directa a los posos de la discordia en locuras que se han instalado en mi materia gris acalla los lamentos que me he de tragar ahogando un alarido: «Silvia te quise como la que más y has pagado tú una broma de los dioses… aaaargh» y Ella: «No quiero gritar más mi dolor emergió cuando me enamoré sabiendo que no era posible y sí te dejé agonizando con una profunda angustia». Y yo: «Acepta mis disculpas». Y Ella: «Las acepto con reservas pues vas y vienes y son criminales tus versos que no dejan títere con cabeza». Sea.

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