Y ya no sino el Abuelo con la Corona, Venus y Zeus refulgen en el cenit

En las pírricas recompensas baldías que la poesía literaria deja sobre la mesa desprovista de independencias espirituales no sonaban las monedas más que Gabriel propusiera un controvertido sistema contradictorio válido en las verdades de una universal alma extraña y que extendiéndose no provocaría más que subversión y guerras sangrientas sin tener en cuenta sus poemas de amor. En las melancolías añejas y reminiscencias de la sabiduría que la letra a bocajarro escampa sobre vírgenes hojas indefensas que poco sufridas lo aguantan casi todo maravilló otrora a un círculo lector que ha ido apartándole hasta que solitario disfruta las mieles del ostracismo en una liana balanceándose sobre el abismo. En las cuencas oculares vacías el cráneo unido a la calavera los difuntos oyen silbatos desgarrantes soplados por demonios surcando invisibles e inaudibles para el cómputo viviente de los humanos que ajenos a las causas de la muerte devoraban viandas en los porches del agujero negro del estómago donde siempre es de noche y de noche es siempre sino por este breve fragmento de sol que se estira en el día angustioso para quien quiere vivir o morir en los sueños que como profecías nefastas y también algunas áureas se esparcen por el tul tachonado de estrellas que cada vez brillan menos espantadas por el poeta terrorífico llamado Gabriel al decirles: por un niño caeréis todas. Pero Él cegado por los destinos que cada vez despuntan menos hacia las altitudes de la Antorcha ha asolado todos los caminos que ha podido que llevan a los astros enrabiado en los doseles cuando estertores le recuerdan que tiene el corazón destruido por otros amores y que sus faltas se agravan a medida que pasan las jornadas y tiene los dos pies en el estribo y uno en la fosa. En las soledades de los días la negrura engulle los colores y las texturas del otrora cuando infante se codeaba con lo Arquetípico y Primordial todo a una. Hoy el esqueleto recubierto de piel que prestada indica la decadencia y la ruina a la que el poeta se presta no deseando ya si no perder a Dulcinea de vista más que le revista toda la rotación solar imaginándola grandiosa engalanada con todos los colores de la divinidad y adentrarse en soledad por el camino terrífico lamentándose o no que toda su vida ha sido una mentira en medio de una paradoja que huele a podrida mientras farsantes se llevan al huerto las frutas y los auténticos mueren en agonía.

(Apolonio)

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