Canción de la vigilia de las almas gemelas

Pacíficamente amanece el sol escondido y el tiempo gris, las nubes jubilosas se condensan como Dragones de Siete Cabezas, creando pequeños chubascos de lluvia, que se dispersan cayendo de las alturas ciclópeas como una bendición sobre la tierra, que húmeda agradece que beban las raíces de los árboles sabios del Mediterráneo y de las Montañas de la Magia. Como una exhalación he despertado, entre las mantas avistando aún gigantescas naves espaciales en mi sueño, pilotadas por especies que no son de este mundo. Pero más allá de la imaginería onírica lo que deseaba era ver a Claire, ataviada de blanco, con perlas rojas, vestida de fiesta sonriéndome. Cansado ya incluso del soñar, lo que quiero es que ceda la gasa de tul de seda que me separa de la muerte y la vida y adentrarme por la senda prohibida cuanto antes, sin tener que oír que por mí doblan las campanas. No me queda mucho, dice la Pachamama enamorada, que moriré joven, pero pasan las semanas mientras caen las horas y Aquí Abajo no pasa nada, y no soy joven sino un viejo que como una oveja negra come hierba apartada del rebaño masificado. Me gustan la tempestades que azotan las costas del mar, y mi espíritu mecido por el viento se sacude en el vaivén de las olas, sólo que yo me repito al despertar y ellas cada una es diferente de la otra. He renacido otra vez, con los ojos cegados amartillados por la persiana, que filtraba los colores degradados en una escala de grises de un día marcado por las borrascas silenciosas golpeando la uralita del techo, y me han despertado incorporándome lentamente a la jornada, con un alegría melancólica, mientras el humo azulado del primer cigarrillo de la mañana inundaba toda la estancia. Moriré de aquí a poco o quizá esté muerto ya por dentro, pues ni el sueño no calma mis ansias de más de penetrar en las oscuridades de necrosis más allá de lo difunto. Hay ceniza tras mis pasos, que calcinan mi recorrido por las losas funerarias en los recorridos por Eideen no dejando una flor viva, sólo la que tengo en frente: Claire. Que como una Dulcinea inalcanzable tal la aurora en el alba, cono de acantilados vespertinos y funestos, me limito a mirar la nada, que me observa, y juntos así pasamos los años, los lustros, los quinquenios, las décadas… y voy imaginándola cada vez más lejos… y yo no quiero buques galácticos en las visiones nocturnas, sino a Ella, que se enrosque conmigo, y en mi último hálito suspirante, la vea con los adornos de una Diosa.

(Gabriel)

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