El nacimiento de una irrisión

Ha muerto la rápida noche dando paso a la bola de fuego que indiscriminada abre caminos de llamas en la franjas heladas a través del laberinto de avenidas calles y ramas. En la poética de la hermosura nubes densas cruzan los cielos con aires de tormenta. El frío se cala hasta en las médulas calzándose las medias en el pleno del día que hace diana colándose por la ventana reventando los párpados cerrados a cal y canto en las veredas que llevan a uno mismo arrebatando los momentos íntimos que proliferan en el espíritu bajo el dosel de la cama el cuerpo despierta desencantado en las sílabas solares que deberían traer alegrías y buenas nuevas y traen destrucción y miseria bajo los pasos que se incorporan a la vida agresiva y maleducada en las estridencias gritonas de la gente que cree que es el centro del universo mientas las gaviotas amas y señoras del mar vuelan libres cazando peces sobre el azur del Mediterráneo como si Dagon se los pusiera en bandeja. En las bondades que llovieron a raudales sobre la especie del hombre todo gozaba a niveles insospechados menos aquél que tenía que devastar la tierra para sobrevivir multiplicándose como una lacra procreando de una unión efímera asaltado las despensas y las alacenas sin tener más miramiento que un mosquito que sorbe un poquito y la humanidad que no tiene en cuenta de que ese mosquito es más amado por la Naturaleza que a ella misma que continúa dejando el Panteón cuna y Tumba como detrito y escombro y se olvida de que su renacer en los campos de Eidiina dependerá de las insignificancias personales que marquen sus nombres sobre Agua.

(Istari Torrat)

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