Con las persianas tiradas

No tengo ganas de nada sólo de reposar en solitud en las sombras junto a los espíritus de los Ángeles Antiguos. Cuando las negruras avanzan lentamente cerniéndose sobre la erosión de mi cráneo desgastado por los silencios de los días que transcurren monótonos y sin alegrías me cubren con un manto de oscuridades mi alma perdida en los avatares de la vida. Y hay ruidos y mutismos que ensordecen los sentidos en las vastas avenidas de los corredores del laberinto de mí mismo hacia entrañas y profundidades prohibidas. Caen las hojas de los árboles como lágrimas perdidas sobre el limo de la tierra que las acogen complacidas mientras se mezclan con la basura por el hombre producida. ¡Atención que lo umbrío se propaga en la sonrisa de los niños! ¡Que le debemos todo a la tierra y Ella no nos adeuda nada! ¡Que la muerte debería ser un largo adiós hasta luego’ y no una fría despedida para el jamás de los jamases! Una lágrima recorre la mejilla plomiza fría y se desliza como sangre insignificante que va a ser tragada por el vacío como si el llanto del hombre sólo importara… a nadie más que al propio hombre y ni siquiera a éste que enajenado del dolor sigue viviendo sin tener en cuenta que la muerte conoce cada uno de sus cabellos.

(Alhared)

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