Condena en el espigón del puerto

Noto un temblor en el cuello que me recorre la médula hasta la glándula pineal con malos recuerdos que cuesta deshacerse buscando el grito mientras mato los remordimientos con el carpe diem avanzando entre la ceniza que me cubre de pies a cabeza sacudiendo los átomos de mi cabello en esquirlas de colores prometiéndome mejores tiempos después de muerto. Pero estoy vivo con el dolor de la miseria del mundo de la carne y del mercado atado a los polos cardinales de las veletas septentrionales de amores desvanecidos por el tiempo que me ha llevado a soledades que engarzadas entre ellas me han puesto cerca de Polaris. Y no hay razones para escuchar mis tortuosos pensamientos odiosos que chillan al clarear la aurora en los simiescos ventosos del invierno crudo y doloso. Un ave surca sobre mi cabeza trayendo esperanzas y fe más naufragado y hundido en los fondos de los mares helados de las lontananzas de hierro oxidado sucumbido al desastre solitario y al calvario de tener que levantarme sin ganas esperando de una vez mi definitivo triunfo colocar en el altar de los huesos mi cráneo maldito y que pose allí su mano Ereskigal la Reina del Infierno.

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