The Phantom from Valencia

(The Phantom from Valencia o La sangre que derraman los hombres es maná para los dioses). Pero miro hacia atrás y me parece grotesco mi pasado. Encendido en pilares oscilantes entre los últimos astros y la tierra balanceo mi corazón hecho de cicatrices que se encoge en mucho menos de un cuarto la luz que irradia adentrándose en la negrura de amores de primavera cuyos frutos se ajaron sin florecer la semilla. Y había potencial en los filamentos subterráneos que nos conectaban a ideales nada realistas. Autor de mi propia masacre expiro exasperado la escena erigida en un pulpito sin nombre ondeando el cáliz de la derrota mientras la sal pasa tras mi espalda transformándolo todo en piedra. Y detrás de mí no hay mas que estatuas que se derruyen sin que yo pueda ni quiera hacer nada. Endiosadas en un panel de rocas esculpidas con pintura viva en la memoria de sueños terroríficos se levantan erguidas esculturas primordiales, cinceladas con las notas de una oscuridad contaminada por un porción mínima de fosforescencia para que les de vida y moren en los páramos desolados de mi mente atormentándome. En los reinos desiertos del olvido he plantado bosques en su homenaje para poder quemar todos los árboles que rememoren un solo recuerdo de que las amé y que aún las amo todavía. La sangre que derraman los hombres es maná para los dioses. Y creyendo en las inmaculadas de la ensoñación concibo quimeras grandilocuentes de venganzas atávicas hacia aquello que aplasta y distorsiona la imaginación que no es si no el arquetípico amor. Y corriendo rumbo la cuerda que atraviesa el nefando barranco despeño las esperanzas rebeldes de ser con algo uno que vistiere de color la fiesta. Enfundado en luto insomne recorro galerías y estancias entre pasadizos malditos de efigies femeninas congeladas por el tiempo. Asestando puñaladas en el ojal de los exterminios de los agüeros pretendo horadar las bienaventuranzas que me prometían gozar alegre de las flores que con una daga en la mano bañado en lágrimas de furia ya voy a segar, aniquilándolas de mi eterno presente. Y plantado ante el altar de los desamores colocar un cetro de laurel seco y podrido. Y mi aliento masticando el aire promiscuo hasta moldear en el éter virgen el monstruo que me habita dentro para que sea él quien las bese apasionadamente y sea él ese amante y no yo al que se amoldarán cuando la capa luminiscente cese para siempre.

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