El Grinchón de Vainilla

(Clavos en la sopa de menudillos o Ganando amigos o Las mieles del trabajo u Oh Corazoncito de Jesús toma mi melopea o Un domingo cualquiera o Matarás). Puedo escribir los versos más tristes y desolados enhebrados con hojas de laurel en esta noche fría, que cae como plomo en la angustia de los días transcurridos del olvido y devora silente niños y niñas y los sumerge en la escalera de caracol del dolor que pasa con la gloria podrida que enarbola la frente de esta singular especie. ¿Estará Dios al oscurecer, mientras comemos gambones, en la calle junto a los pobres, preparando su venganza? Sí, les alimentará con sus penas, consolándoles que el postre viene tras la muerte y que el aperitivo es sólo para pecadores. Desde luego no es navidad para los animales que vamos a deglutir ávidamente y que, con suerte, acabarán en la boca de un simpático perro pero, asimismo, pollos enteros y pescaditos en la basura para nutrir la podredumbre de la rutina de una generación que ha terminado aburriéndose. En estas fechas tan comerciales, anzuelo para bobos, quiero recalcar, sobre todo cuando las rayas de coca caven carreteras sin fondo en el cerebro de los ignorantes, que las estrellas bostezan y la tierra gimiente se alarma ante tal gasto inútil en los recursos de la benevolente Madre. En los lindes de la agonía mediocre de los hombres, una solitaria voz emergerá de las tinieblas y dirá venid hombres venid, ocupad vuestro sitio. Y uno a uno, poco a poco, lejos de las familias, se adentrarán en un pasadizo laberíntico para hallar al fin el lugar: una apartada tumba rodeados por la Gusandad Hambrienta de Natividades. Trabajad la hipocresía, ella es el pase para el más allá y cuando al fin despierten los ojos de la mayoría a una realidad que desconocían se verá la desnudez en un espejo pulido donde se reflejará al fin lo que somos: una verdad aturdidora de la que mis manos lavadas de incertidumbre se apartarán en lo posible relamiendo mis dedos mugrientos con algún hueso de cerdo. Brindemos por la leyenda. Alabemos al Dios Estómago. Si yo fuera Cristo (no lo soy ni ganas) me caería la cara de vergüenza.

Apolo 13

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