Voz engullida por un agujero negro

Pasan lo días de verano como un veneno inoculado en las arterias de mi deseo por morir y no ver más ni a mis padres ni a un solo amigo. Tiembla mi cerebro como las llamas de un candelabro que se agita en una gris tempestad que sacude mi condición de ciudadano de séptima en un mundo de primera. En las planicies donde las águilas se remontan en libertad los disparos atraviesan la Atmósfera y dejan agujeros a diestra y siniestra mientras estallan los plumajes en fiestas zoológicas y tiran mierda sobre los idiotas de buen corazón y alelan a los niños con leones enjaulados y equipajes de fútbol héroes de otra generación suicida que al darse cuenta ya será muy tarde los goles firmados por los versos de los poetas deufraudadores sus proyectiles mojados en la luz de las quimeras en los estadios brillo de los aguardos traspasados de ser algo más que hombres y los poemas trastocan las oblicuidades que se han de romper para anegar inmensidades y las campanas voltean terrenalidades siniestras en la monstruosidad de ir a muerte por una fatuidad. Silencio. La muerte hace un pacto: divertíos, son dos días, (más el Eterno Retorno: si habéis de retornar) y quien no sepa ramificar su tronco de la vida hacia las conclusiones estelares de los más delirantes sueños y colmar todos los amores que no se dieron que vuelva, pero no para anillar estrellas y planetas, sino para estudiar de nuevo y aprendan a sumar a su esencia la verdad: que en la soledad de las tumbas los muertos también se alegran cuando gana su equipo.

APOLONIO GUILLIAN

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