Aquellos que puedan esculpir su forma sobre la tierra que lo hagan.

(El rostro del hombre sobre Eideen). Contrae oh acordeón de los días los momentos y atomízalos en una piedra preciosa que escapen cuando se quiebre el cristal que protege el mineral en una explosión continua rumbo la deidad que me ordena plasmar los desvaríos que corren por mi tinta a cambio de blasfemar. En los órdenes del suelo se contraponen conchas que han muerto a través de los milenios para llegar a una playa sagrada y reposar hasta que todo se retraiga. En los vientos que soplan directrices en las deudas de los dioses a los ruscos que apedrean a los profetas vociferé ocho palabras: que se desangre en la tierra el amor. Que el sacrificio de los amantes para que pasen por el tubo del sufrimiento y el dolor sea la medida en que el odio dispara contra todo lo que brilla aplastando con sus botas en el fango la cabeza de enamorados extraordinarios. En los andrajos que los algarrobos no ventilaron mujeres desprovistas de alma ocultaron los legajos pegajosos de los hijos que luz querían y solo la penumbra veían. Y tampoco pudieron los algarrobos vaciar los complejos repletos de miseria y egoísmo pues no vieron venir su muerte bajo la sierra y el exterminio casi total de arañas y escolopendras. Remordimientos para siempre me quedan oh infancia luminosa de las torturas que infligía a los seres que ahora pretendo que se alíen con mi causa. Y el tormento avanza hacia la rompiente incrementando mis temores que se alinean con mi disoluta vida vencido por las tempestades que aún me dicen: ama no temas ama… Mientras mis llagas se ulceran purulentas en la vicisitud del aurora que me guiña un ojo en mi desesperanza enemiga de musas lloronas en la obsesión por el pasado asesino y mi futuro desligado ya de mi tierra como tumba clausurada y mi corazón vendido a las corrientes malévolas del ahora y una ilusión que en este instante un arrebato en mi pecho suspire, mientras firmo este poema, dejando mi cuerpo muerto.