(Poema sin título). En las playas varadas de mi imaginación dejé anclado mi destino que lloraba macilentas encarnaciones en el sino de las estrellas que somnolientas suspiraban por mí atomizado en los recodos dispares de los cuentos de aladas hadas y ogros peligrosos. Entonces quise matar a Dios porque reseca la esperanza de avistar tierra nueva desterré los desiertos con agua al otro lado de los badajos de la puerta que llamaban con insistencia las campanas que chillaban a muertos en el albur de los anatemas que escribían mi nombre enterrado en la arena. En las cúpulas de amianto topé con el cenit de mi poesía: era ceniza manchada de negra saliva en el ajuar patinando de mis poemarios y mis mejores años. En los maravedís de los moluscos hallé como desentrañar la clave del portón de las maravillas. Sumergí las parábolas en ácido nitroso para ver a los corales hablarme. Los corceles vuelan cielo adentro y en los aranceles de los peces me topé de bruces con la razón de los percebes. Atado a las raíces de lo prehumano deambulo entre luminiscencias agrestes en la orquesta sinfónica que entona la tómbola de las desgracias. El amanecer dorado traerá nuevos sinsabores que se ocultarán cuando el ocaso sesgue el día de nuevo. Y habrá que esperar a que la oscuridad eterna pele el manto de la luz para permanecer para siempre en lo hosco.